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Rodrigo de la Calle: El Guardián del Palacio

Gourmet Land and Lifestyle: Restaurante Rodrigo de la Calle.

Por VCrown & John Predicador

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Las columnas de mármol atraviesan de suelo a techo los enormes forjados, por las ventanas la luz estalla en las pupilas del paseante. El espacio, inmenso, exalta su andadura, y un salón tras otro va recorriendo la leyenda, la historia, el deambular antropológico de su eminencia… una civilización invisible se adentra en sus neuronas, fábulas de reyes y guerreros, de paladines y princesas, odas de otro mundo, inveterados túneles escondiendo misterios asombrosos… todo una glosa infinita del apocalipsis cultural de una época en la que España era el epicentro del mundo y los viajes de sus navíos  se contaban por conquistas…  Hernán Cortes, Francisco Pizarro,  Elcano.

En una ciudad bellamente anclada en el tiempo reluce un palacio de antaño: Aranjuez. Majestuoso y solemne a la par que silencioso, ilumina la ciudad que lo hace ser.

Entramos en un pueblo de rancio abolengo, cuna de reyes, la máxima expresión de la arquitectura de Alfonso VI. Hecho construir para mayor gloria de un rey y de toda su majestática decadencia. Los galenos azotan la fachada mientras el paseante la recorre en lo que bien pudiera ser un travelling motorizado por sus ansias de descubrimiento.  Miles de ventanas, pupilas encendidas, observan la quietud del mundo, el paroxismo del sistema, el denodado impulso de una raza. Las fuentes chisporrotean con un júbilo simpático y su gorjeo languidece junto al atardecer, con un ocaso anaranjado como la pulpa de una calabaza,  o como una yema de huevo engalanada con las lascas de una cebolla.

Pero el tiempo se ha detenido aquí, los relojes se han parado, incluso el grandioso reloj de palacio que debiera lucir como dos cañones recorriendo con sus manillas la esfera luminosa, se niega a seguir.   El templo estático observa. El paseante siente que las esculturas hubieron tenido vida, como si en algún momento fueran a retomar su cinética y dar un paseo por entre los brillantes mármoles y alfombras de palacio para mayor sorpresa de todos.

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Cuando entra en el restaurante de Rodrigo baja las escaleras y se adentra en un mundo desconocido, donde la leyenda precede  al mito… y una vez aquí la incertidumbre y el estímulo se hacen notorios, palpables, se pueden tocar como si fueran de una textura especial allende las reglas de la física. Vamos en busca del límite, de algo distinto, singular a la vez que extraordinario. Un fenómeno “rara avis” que ha llamado nuestra atención desde hace mucho tiempo.

Al punto las escamas de un champiñón llueven sobre un risotto dorado y untuoso. El aroma de las setas al contacto con el arroz caliente inunda el medio, dejando un velo agradable e irrepetible de aromático sabor. Los comensales fascinan con sus propuestas. Rodrigo sonríe, sus ideas sorprenden, sus platos emocionan, su ingenio se apodera del entorno, de tu manido umbral de sabio intercultural y polivalente, viajante del sistema, aprendiz de mucho, maestro de nada, navegador infatigable y curioso desmedido en pos del conocimiento, pues si es cierto lo que dicen los sabios, el objetivo es saber más y más hasta el fin de tus días. El guardián del palacio no descansa. Investigación de productos nuevos, gastrobotánica,  búsqueda de la calidad del producto, diseño de las mejores combinaciones… la espiral de la creación mezclada con la más alta gastronomía y la mejor nutrición. Un circuito imbatible, algo a perseguir y considerar ¿Quizá la nueva vía por la que discurre una gran parte de la alta gastronomía? ¿Es por eso quizá que lo llaman el chef del futuro?

Abrimos nuevas posibilidades ensalzando productos del reino vegetal, olvidando por un momento que solo existe carne o derivados animales como producto estrella. Eso ya más no es posible, bienvenidos al nuevo mundo, anuncia. Un mundo de colorido y salud, sin renunciar al sabor, a las altas propuestas gastronómicas.

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El equipo de cocina actúa sin descanso a las órdenes de este maestro. El cultivo de los productos propios enriquece la carta con la máxima calidad. Tan fresco como cogerlo de tu propio invernadero, cocinarlo y a la mesa.  Dicho y hecho. El propio chef secciona los hongos para que vuelvan a nacer convenientemente. Su plantación augura los mejores sabores, las mejores sensaciones y una excelente nutrición.  Y los lleva al plato tras prodigarse con técnicas y combinaciones que van a convertir un gran producto, en un soberbio manjar.

Cuando entras en el restaurante de Rodrigo tu umbral de sorpresa se ve rápidamente superado, el rapto de los sentidos y las sensaciones que este chef dispone es abrumador.


Llega una zanahoria embrionaria en una probeta con un caldo caliente, un brócoli servido como si fuera un instrumento colocado sobre un soporte de madera. Con escarcha en las hojas invita a ser mordido, su textura no parece vegetal, y por tanto así es…  La mente del comensal empieza a alucinar ¿Qué es esto? Piensas, y desde ahí, todo un sinfín de sorpresas. El menú comienza a coger velocidad y tus ansias por controlar y aprehender lo que te están poniendo delante, hace tiempo que desaparecieron. Imposible, anuncias por fin, y te dejas llevar como un niño disfrutando de los placeres gustativos que tanto te embriagan.  Es una rapsodia infinita de sorpresa constante con un colofón de postres exquisitos a la par que nutritivos ¿Se puede combinar la alta gastronomía y la buena nutrición? Una vez has visitado a Rodrigo esta pregunta ya está resuelta.  Para él un buen producto es una coliflor, o un brócoli, o unas setas… elementos con los que compone la magia de su cocina, una gastronomía nutritiva y sabrosa a la par que estimulante, sorprendente, y enmarcada en la tradición de los máximos niveles gastronómicos.

Su discurso es un conjunto ordenado de información sobre la calidad del producto y la técnica culinaria, sobre las propiedades de cada alimento, sobre las mejores combinaciones digestivas. Es una elipse de búsqueda de información que almacena para la creación de sus próximas propuestas, para la inescrutable fusión de los sabores, para pulir y lanzar su vórtice creador hacia un resultado epatante y atractivo.  Para desenmascarar y separar su sencillez y simpatía,  de su absoluta y rotunda genialidad.  El chef del futuro, el guardián del palacio.

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